Durante buena parte del siglo XIX, Egipto, por diversas y relacionadas razones, despertó entre los británicos un notabilísimo interés, produciendo tal interés una abundante cantidad de obra pictórica y, desde luego, un buen número de coleccionistas y comerciantes del lujo relacionados con la antigua civilización a orillas del Nilo.

 

¿Arqueología o expolio?

El diecinueve es el siglo de la arqueología, propiciada en el caso de las potencias europeas por el control político sobre extensas zonas geográficas de la Antigüedad y por la fascinadora moda del redescubrimiento de la misma, que encuentra sus orígenes culturales en la fiebre del Grand Tour dieciochesco. En tales circunstancias, el Imperio Británico reunía, por así decirlo, todas las aptitudes para escenificar la fascinadora moda del misterio egipcio y sus tesoros amagados que, en otro orden interpretativo y muchos años después, el notable y radical Zahi Hawass calificaría de expolio (Egipto fue protectorado inglés entre 1882 a 1922).

 

Sir Lawrence Alma-Tadema

Aquella moda trajo una buena producción pictórica británica de tema egipcio: si bien no es uno de los autores más prolíficos en este aspecto, Sir Lawrence Alma-Tadema, gran pintor victoriano nacido en Holanda en 1836, dedicó algunas de sus mejores obras a la recreación de dicho tema, que tenía, como es notorio, claras referencias al mundo de la muerte y a la cultura de la antigua y misteriosa civilización norteafricana.

 

La muerte del primogénito

Entre sus pinturas de referencia egipcia, queremos destacar aquí la magnífica La muerte del primogénito (1872), obra muy apreciada por el autor y, también, por la crítica: “Si Tadema sólo hubiera pintado esta obra, bastaría para contarlo entre los artistas más destacados de esta época”, escribió el biógrafo George Ebers.

 

El cuadro en cuestión muestra al faraón con su hijo fallecido en el regazo, mientras su esposa se lamenta afligida sobre el cadáver. El médico, asolado, y las figuras en primer plano, abajo a la derecha, conforman una realidad situacional enérgica y triste, acentuada por una iluminación tenebrosa; al fondo, los músicos tocan música fúnebre y, más allá, se ve aparecer a Moisés y a Aarón, una licencia bíblica casi estereotipada en las escenas pseudomitológicas de la época.

 

El arco cromático es breve, si bien la complejidad de los detalles y las muchas referencias arqueológicas que contiene la obra nos muestran, en todo su esplendor, el carácter pictórico de Alma-Tadema. Las guirnaldas de flores sobre el suelo, hallazgo arqueológico seguramente posterior a la realización de la obra, o la cadena de oro con un escarabeo que lleva el difunto son algunas de las referencias de esta preciosista y condensada pintura, tan característica del maestro decimonónico de las representaciones del lujo, la decadencia y la belleza clásicas.

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